“Van a interceptarnos”: la travesía de los chilenos a bordo de la flotilla rumbo a Gaza

Durante semanas, integrantes de la delegación chilena de la Global Sumud aceptaron llevar una bitácora de la misión humanitaria mientras avanzaban por el Mediterráneo hacia Palestina. Enviaron audios, videos y mensajes desde altamar hasta que las comunicaciones comenzaron a cortarse. Entrenados para interceptaciones, encarcelamiento y tortura, navegaron bajo drones, radios intervenidas y amenazas militares en uno de los corredores marítimos más vigilados del mundo, decididos a desafiar el bloqueo israelí y visibilizar el genocidio palestino. Mientras dos de ellos ya regresaron al país tras la primera interceptación, los tripulantes que seguían navegando fueron interceptados horas atrás en la “zona roja” y aún no se tiene rastro de ellos.

Primera parte: “Esto es ilegal”

—Van a interceptarnos ahora.

La frase queda suspendida unos segundos, como si el mar mismo se la tragara.

En la pantalla del teléfono, Macarena Chahuán mira hacia fuera de cuadro. No se ve nada. Solo la oscuridad del Mediterráneo. El viento golpea el micrófono. Al fondo se escuchan voces cruzadas en distintos idiomas y el ruido constante del motor.

Alguien le pasa un chaleco salvavidas. Otro pregunta dónde están los pasaportes. Ella sigue transmitiendo. Dice que están cerca de Grecia, que perdieron comunicación con las otras embarcaciones de la flotilla. Que bloquearon las radios. Que hay drones sobrevolando. Que un bote cercano ya fue interceptado.

—Esto es un secuestro—, dice. 

Durante más de doce minutos, la profesora de árabe, periodista y activista palestina chilena de 38 años intenta mantener la calma mientras alrededor suyo la tripulación del velero Yafa activa el “protocolo de interceptación”. Aseguran sus mochilas, documentos y repiten coordenadas en voz alta para que alguien, al otro lado de la pantalla, alcance a avisar a Cancillería y organismos de Derechos Humanos antes de que sea demasiado tarde.

—Estamos en aguas internacionales—, repite una y otra vez.

Es miércoles 29 de abril. Día número 15 de navegación. 

Son cerca de las siete de la tarde, hora local. La noche empieza a caer. La Flotilla Global Sumud navega en aguas internacionales del Mediterráneo, a unas 45 millas náuticas al oeste de la isla griega de Citera. Va aún lejos de Gaza y de la llamada “zona roja”, el punto donde históricamente las flotillas civiles que intentan romper el bloqueo marítimo israelí suelen ser interceptadas por fuerzas militares.

Por eso nadie esperaba que ocurriera lo que ahí ocurrió.

Horas antes, más de veinte embarcaciones se habían dispersado parcialmente para participar en una acción de boicot contra un buque que, según denunciaban, transportaba armamento israelí. La maniobra rompió momentáneamente la formación compacta de la caravana. Fue entonces cuando comenzaron los primeros reportes de drones sobrevolando el mar.

A esas alturas, arriba del Yafa la prioridad era una sola: había que dejar registro. Transmitir hasta cuando ya no se pudiera. No podían perder ni una sola prueba. 

Registro tomado desde el interior de un barco por uno de los chilenos que integró la Global Sumud Flotilla rumbo a Gaza.

Macarena sostiene el teléfono mientras alguien le pide que se siente. La cámara apenas logra capturar fragmentos: un brazo cruzando la cubierta, el rostro iluminado de otro tripulante, el mar convertido en una masa negra impenetrable.

—Estamos muy lejos de Gaza —dice— no sabemos qué puede pasar con nosotros.

Alguien la interrumpe. Le pide que corte. Ella vuelve a mirar hacia la oscuridad y cierra los ojos por un instante, como intentando fijarse en algo antes del impacto.

Debajo del chaleco salvavidas, escondidos entre los sostenes, lleva imágenes de santos y agua bendita que su madre le entregó antes de partir desde Chile. También carga un pequeño frasco de perfume. Una forma —dice— de aferrarse a sí misma si llega a ser detenida.

Ese momento puede haber llegado.

—Ya vienen —dice— nos van a interceptar. Esto es un secuestro y es deber de las autoridades presionar.

La imagen se corta. 

Minutos después, Macarena Chahuán vuelve a aparecer en otro video. Ya no transmite en vivo. Una luz roja tiñe por completo su rostro. Esta vez habla rápido, antes de que todo se interrumpa por completo.

—No nos secuestraron. Vinieron a tratar de disuadirnos. Nos bloquearon las comunicaciones en aguas internacionales. Esto es ilegal.

Cuenta que una lancha militar los persiguió durante cerca de veinte minutos. Que les gritaban que detuvieran el bote. Que ya no podían comunicarse con el resto de la flotilla. E insiste: “Seguimos con la convicción intacta rumbo a Gaza”.

Lo que sigue es otra publicación en su cuenta de Instagram. Un registro preparado previamente para este momento: “Soy Macarena, chilena, profesora de idioma árabe. Si estás viendo este video es porque las fuerzas de ocupación israelí acaban de secuestrarme en aguas internacionales”.

El tracker de navegación deja de actualizar la posición del Yafa. Los mensajes en su teléfono quedan con un solo ticket. Las radios continúan intervenidas. 

En medio de la noche, cuando decenas de embarcaciones civiles intentan reagruparse cerca de las costas de Grecia, los miembros de la flotilla empiezan a asumir lo evidente: que el operativo en su contra ya comenzó.

Segunda parte: Derecho al retorno

Domingo 12 de abril. Día cero. 

—Me encuentro en el Forum Port, un lugar que hasta ahora habíamos mantenido en secreto por motivos de seguridad.

Bruno Salas habla por teléfono mientras alrededor suyo golpean herramientas, se prueban motores y grupos de activistas trasladan cajas con ayuda humanitaria entre una embarcación y otra. A ratos su voz se pierde entre conversaciones en distintos idiomas. Nada tiene demasiado aspecto de épica, dice. 

—No paramos de trabajar. Prácticamente no hay espera. Todo el tiempo estamos haciendo algo. Tenemos que reparar el barco, hacer arreglos, desde mecánica a electricidad, porque todo se debe adaptar a las necesidades de la misión. Mi velero aún conservaba los aliños y electrodomésticos de la dueña anterior, y debimos construir camas y sellar filtraciones de agua para poder almacenar la ayuda humanitaria y otros suministros. 

Horas antes, la flotilla había permanecido en el Moll de Fusta, en pleno centro de Barcelona, donde cientos de personas llegaron a conocer las embarcaciones y a despedir a los activistas antes del zarpe definitivo. 

—Nos dieron su apoyo, su esperanza, y nosotros les transmitimos también esa esperanza a ellos. Dormimos ahí mismo, arriba de los veleros —cuenta Bruno—. No podemos abandonarlos. Los ojos tienen que estar siempre sobre ellos.

Les tomó un par de horas llegar hasta el punto donde permanecen ahora. Decidieron detenerse por un pronóstico de mal tiempo. 

Alrededor suyo se mueve una pequeña ciudad flotante. La mayor flotilla civil que haya intentado romper el bloqueo marítimo israelí sobre Gaza: una caravana que espera reunir más de sesenta embarcaciones desplegadas en distintas etapas de navegación sobre el Mediterráneo con un solo objetivo: tocar tierra palestina.

Bruno Salas, a la izquierda, a bordo de uno de los barcos de la Global Sumud Flotilla. Registro de Bruno Salas.

Son –por ahora, cuenta– alrededor de treinta embarcaciones pequeñas. Todas navegan con banderas de distintos países y nombres que remiten a episodios, pueblos y heridas abiertas de la historia palestina. El velero donde viaja Bruno Salas se llama oficialmente Abodes, pero dentro de la flotilla fue rebautizado como Qazaza, en memoria de la aldea palestina destruida durante la Nakba de 1948, como se le llama al éxodo y expulsión masiva de cientos de miles de palestinos tras la creación del Estado de Israel. Hoy es una base militar israelí.

—Llevar su nombre en el velero que será mi hogar por más de un mes es un honor.

Bruno Salas tiene 41 años, es curador, museógrafo y documentalista. Antes de embarcarse ya formaba parte de la delegación chilena y fue uno de los que coordinó al grupo que viajó desde Chile a España para sumarse a la flotilla, a comienzos de abril pasado. También ayudó a articular redes legales, recaudaciones y contactos políticos. 

“La Global Sumud Flotilla es una organización civil, con una logística de gran magnitud y una organización orgánica que es más que destacable, pues se trata de una gran coalición integrada por cinco coaliciones de embarcaciones y movimientos de Asia, África, Europa. Y ahora los latinoamericanos nos estamos sumando oficialmente, siguiendo los pasos de Brasil, que son los más fuertes, a través de la Flotilla de la Libertad Brasil”, explica. 

Van también Macarena Chahuán, Víctor Chanfreau —ex vocero de la ACES y uno de los rostros más reconocibles del movimiento estudiantil, hoy estudiante de Derecho en la Universidad de Santiago— y Claudio Caiozzi, más conocido como Caiozzama, artista urbano y fotoperiodista. 

Cada uno ocupa un lugar específico dentro de la misión: Chanfreau asume el rol de media person, muy activo en redes, además de vocero y puente comunicacional con Chile y los movimientos sociales; Chahuán domina el idioma y los códigos culturales palestinos; Bruno articula redes, contactos y decisiones tácticas; y Caiozzama registra el viaje y deja rastros visuales de la travesía en cada puerto donde la flotilla toca tierra: los mismos ángeles que durante el estallido social de 2019 aparecieron en edificios y fachadas del centro de Santiago.

En Europa, se suman también la periodista Carolina Eltit , el cientista político Frank Gaudichaud y el coordinador general de la delegación chilena, Felipe Sierra Uthman.

“Nuestra delegación no tiene ningún financiamiento institucional. Hasta el momento cada uno ha pagado su pasaje y gastos personales, lo que esperamos ir compensando con la campaña de recaudación, que por ahora va muy lenta, pero esperamos que al estar navegando se active”, agrega Salas. 

Sí cuentan con el apoyo comunicacional del Centro de Información Palestina y el respaldo legal de Abogados por Palestina y de Nelson Haddad, ex diplomático y embajador chileno en distintos países de Medio Oriente, quien logró junto a otros 620 abogados la demanda y orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional contra el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y Yoav Gallant, ministro de Defensa, por crímenes de guerra y lesa humanidad. 

Durante las semanas previas, los integrantes de la flotilla recibieron entrenamiento físico y psicológico en Barcelona basado en las experiencias acumuladas por otras misiones humanitarias pro Palestina que fueron saboteadas por Israel. 

La genealogía de este esfuerzo civil se remonta a agosto de 2008, cuando el movimiento Free Gaza logró que dos pequeñas embarcaciones de madera rompieran por primera vez el bloqueo marítimo impuesto por Tel Aviv. 

Desde entonces, la coalición internacional ha intentado trazar esa ruta de manera intermitente, casi siempre bajo el signo del asedio. El referente más dramático en las bitácoras de navegación es el Mavi Marmara, la flotilla turca que en 2010 fue asaltada en aguas internacionales por comandos israelíes en un operativo donde fueron asesinados diez activistas. 

El antecedente mediático más inmediato, en tanto, ocurrió cuando la activista Greta Thunberg se sumó activamente al apoyo logístico y a las manifestaciones terrestres de la Freedom Flotilla, amplificando la visibilidad de una resistencia que los gobiernos y los medios internacionales suelen omitir.

—Gandhi y Nelson Mandela son referentes claves —dice Bruno— de ellos tomamos uno de los principios fundamentales que mueven a esta flotilla: la acción directa no violenta. Nos preparan para todos los escenarios posibles. Desde una interceptación o ataque con drones, que es lo más seguro que podría pasarnos, hasta un entrenamiento más mental y psicológico para enfrentar encarcelamiento y tortura. 

Uno de los métodos consiste en contar del uno al cuatro. Una y otra vez. El protocolo busca mantener la mente anclada al presente en escenarios de aislamiento extremo o interrogatorios prolongados con uso desmedido de la violencia.

—Cada ciclo de cuatro segundos funciona como un anclaje —explica Bruno— como una forma de seguir acá, consciente de ese instante de vida. 

La preparación también pasa por el cuerpo.

En cubiertas de apenas catorce metros, los miembros de la flotilla practican elongaciones diarias para evitar la pérdida muscular en caso de confinamiento prolongado. Regulan comidas, hidratación y horas de sueño anticipando posibles huelgas de hambre o jornadas enteras sin acceso a baños ni agua potable. 

Parte de la Global Sumud Flotilla rumbo a Gaza. Registro de Bruno Salas.

Algunos compran ropa impermeable especialmente diseñada para resistir sustancias químicas utilizadas en interceptaciones anteriores, donde chorros de agua mezclados con irritantes dejaron quemaduras y lesiones cutáneas en otros activistas.

En el Qazaza viajan también personas de Finlandia, Malasia, Italia, Marruecos, Túnez, Jordania. Bruno es el único chileno. A bordo conviven idiomas, religiones y biografías completamente distintas y que, sin embargo, están unidas por la experiencia del desarraigo.

—Viajo con un chico que se llama Omar. Es súper bajo perfil, pero su historia es increíble —cuenta Bruno—. Omar vive en Jordania. Desde ahí ha visto Palestina toda su vida. Literalmente. Nunca ha podido entrar.

“Los palestinos, incluso en Chile, que tienen la comunidad palestina más grande fuera de Medio Oriente, tienen que pasar checkpoints o interrogatorios para entrar a Palestina. La mayoría termina entrando diciendo que va a hacer turismo religioso, como cualquier turista. No pueden entrar invocando realmente lo que son. A diferencia de alguien con apellido italiano que llega a Italia y puede reclamar inmediatamente ese origen. Los palestinos no pueden hacer eso”.

De acuerdo con los reportes más recientes de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y la UNRWA, su agencia para los Refugiados de Palestina en Oriente, la ofensiva y el bloqueo militar israelí mantienen desplazados por la fuerza a casi dos millones de personas dentro de la Franja de Gaza. Es casi el 90% de la población total la que sigue sobreviviendo en la intermitencia de un territorio devastado

El fenómeno se replica en Cisjordania, donde la ocupación del ejército en los campamentos de refugiados del norte ha provocado un recrudecimiento histórico, forzando el desplazamiento de otros más de 33 mil palestinos. 

La conexión de Bruno con esa historia no es únicamente política. Zarzar, su segundo apellido, viene de la rama palestina de su familia materna, la misma que décadas atrás cruzó el Mediterráneo rumbo a Sudamérica. 

—La mayoría salió por el puerto de Jaffa, el famoso puerto de las naranjas. De ahí muchos llegaron a Italia y después cruzaron hacia Sudamérica. Entonces, este viaje también tiene algo de regreso. De reivindicar el derecho al retorno que tiene el pueblo palestino.

Antes de partir desde Santiago, su abuela de 93 años le amarró un escapulario de lana al cuello. Bruno lo lleva consigo arriba del Qazaza junto a un rosario de madera de olivo traído desde Jerusalén y la tarjeta de bautizo de un primo muerto.

—La tengo colgada arriba de mi cama y se mueve con el mar. Yo no soy ni católico ni nada, pero son cosas que para los palestinos son significativas porque son de Tierra Santa. Este rosario de olivo, por ejemplo, es de Belén. 

Lo moviliza también la brutalidad cotidiana de la guerra. Una barbarie que —dice— suele aparecer mal informada, distorsionada o directamente omitida por buena parte de la prensa internacional, mientras circula en tiempo real por redes sociales ante la aparente indiferencia del mundo.

—No soporto dejarle a mi hija este mundo tal como está. Ya van tres años de genocidio. Más de 22 mil niños han muerto. Y no soporto seguir viendo todos los días imágenes de más niños mutilados, hospitales bombardeados, escuelas demolidas frente a la mirada de los niños, y que el mundo no haga nada. No soporto la indolencia. No soporto que psicópatas como Donald Trump amenacen al mundo o a otros pueblos cada día, con total impunidad.

“Tengo la convicción de que la única manera de detener esto es a través del activismo real, de la acción directa no violenta. Es el camino que escogí. Y, aunque vengo de un mundo muy distinto, no tengo dudas de que si mis abuelos no hubieran emigrado de Palestina, quizás yo estaría allá. Entonces, no estoy de acuerdo con ingresar a Palestina mintiendo. Eso no va conmigo. Y vamos como corresponde. Directo a Gaza, navegando por aguas internacionales. Es legal y es pacífico. Por lo tanto, legítimo”.  

Todavía no hay drones sobrevolando las embarcaciones. Todavía no hay interferencias en las radios. El mar, por ahora, sigue abierto.

Tercera parte: Otro cielo sobre el mar

Martes 20 de abril. Sexto día de navegación.

La flotilla ya dejó atrás Barcelona y Sicilia empieza a aparecer como una línea difusa sobre el Mediterráneo.

Las embarcaciones avanzan relativamente cerca unas de otras, en bloques tácticos de hasta cuatro. A veces tanto, que desde la cubierta pueden ver sus rostros, intercambiar saludos o acercarse para compartir combustible, comida o herramientas. A lo lejos, la geografía de Palestina reaparece constelada sobre el mar, en una coreografía de diminutos puntos blancos que avanzan sobre un lienzo azul. 

De cerca, en cambio, cada velero es un mundo propio. El Yafa —la embarcación donde viaja Macarena Chahuán— lleva el nombre del antiguo puerto palestino absorbido por Tel Aviv después de 1948. Solía ser el puerto principal para llegar a Palestina. Hoy queda solo el 2% de su población. El Mirún —donde navega Claudio Caiozzama— remite a otra región palestina. 

“Para mí, después de haber estado en la militancia palestina hace unos 20 años no pierdo la calidad de asombro al ver a tantas personas comprometidas en cuerpo y alma con Palestina, con la humanidad”, comenta Chahuán. 

Macarena Chahuán a bordo de la Global Sumud Flotilla rumbo a Gaza. Fuente: cuenta Instagram @lamacachahuan

“Con este nuevo genocidio del 2023 hasta ahora, al principio me pasó que perdí la fe en la humanidad. Cerré mi círculo social y me aislé. Esto me lleva a un lugar que es todo lo contrario: somos muchas y muchos que sí nos importa lo que pasa en Palestina y que sí entendemos que la liberación de Palestina es un tema interseccional”, agrega. 

Hay un momento en que esto deja de ser una idea y se vuelve una decisión. ¿Recuerdas ese momento exacto en que dijiste “voy”? 

MC: “Tenía el bichito, pero tenía la duda por unos temas médicos. Lo mío fue muy al filo. Tan solo cinco días antes supe que podía viajar. Siempre que hablé con la organización les dije: mi salud manda. Mis aprehensiones con estar acá también pasaban por que la atención se fuera más a la flotilla que a Palestina. Pero luego de mis primeras reuniones me fui dando cuenta que no se trata de convertirse en héroes sino de llevar la atención al bloqueo en Gaza y establecer un corredor humanitario. 

—Tu familia está asociada a una tradición palestina en Chile de larga data. ¿Cómo se tomaron la noticia cuando les contaste que te subías a la flotilla? 

—Les fui contando de a uno y a ninguno le sorprendió. Mis papás se demostraron más preocupados al principio haciendo el atisbo de intentar convencerme de lo contrario. Pero sí, me siento acompañada de mi tío Eugenio y de su hijo Eugenio –el Pancho– Chahuán. Ambos han sido desde distintos espacios gestores de la palestinidad en Chile y sé que están orgullosos de mi compromiso.

Gracias a los sistemas Starlink instalados arriba de varios botes, los activistas logran mantenerse conectados casi permanentemente. Eso les permite enviar registros, sostener reuniones, coordinar movimientos y seguir trabajando desde altamar. La vida para ninguno se detiene completamente. 

La mayoría dejó sus computadores en Barcelona. Desde entonces, dependen únicamente de sus teléfonos.

—A pesar de todo esto, que suena muy romántico, “atravesar el Mediterráneo en un velero”, sigo trabajando —cuenta Bruno—. Justo antes de partir inauguramos el Museo Violeta Parra, donde fui museógrafo y curador, y ahora estoy trabajando en otra exposición que abre en junio. Mis dos teléfonos me acompañan en todo momento, hasta que tenga que arrojarlos al mar si somos interceptados.

Macarena también continúa haciendo clases de árabe por Zoom mientras la flotilla avanza de España a Italia. En su barco son ocho tripulantes. Ella es la única que no se marea con el vaivén y en la división de tareas termina siempre asumiendo la cocina y otras tareas domésticas. 

—Soy hiperquinética —dice—. Entonces cocino, hago café, té, ayudo en lo que puedo. Tenemos turnos de vigilancia y sigo haciendo clases porque no quiero dejar a mis alumnos botados.

Ya tiene una rutina: dos horas dedicadas a vigilar la cubierta, tres horas acompañando al capitán y seis horas de descanso interrumpido. Después, volver a empezar. “A veces siento que llevo meses y otras 15 minutos. Eso me sucede con las experiencias tan intensas”, añade. 

En el Mirún, en tanto, Caiozzama comparte espacio con tripulantes de Serbia, Irak, Alemania, Argentina, México y España. Como en las demás embarcaciones, abundan los kufiya, el pañuelo tradicional palestino.

La convivencia se vuelve rápidamente una especie de rutina suspendida entre idiomas distintos, comida improvisada y guardias nocturnas. “Somos como un ente vivo, que en las noches sobre todo se ve como otro cielo en el mar”, dice. 

El racionamiento de ciertos recursos se vuelve fundamental. El agua dulce se reserva únicamente para lo indispensable: lavarse las manos, cocinar o mantener algunos utensilios como la cafetera. El resto de la loza se limpia con agua salada. Cocinar también se vuelve difícil cuando el viento inclina las embarcaciones.

—Hoy tuvimos que preparar algo más sencillo porque el barco se va para un lado —cuenta Caiozzama riéndose.

—Si a un bote se le echa a perder algo, todos bajamos la velocidad o paramos hasta solucionarlo —cuenta Macarena.

Aunque no siempre navegan alineados. En ocasiones la flotilla se despliega estratégicamente en distintos bloques.

—Ayer, por ejemplo, nos dividimos en dos grupos para hacer una operación de boicot. Nos manifestamos alrededor de un buque que llevaba armas israelíes —añade.

El resto del tiempo, el viaje se sumerge en una cotidianidad extraña y luminosa. Aparecen delfines y ballenas escoltando las embarcaciones. El viento cambia constantemente. Algunas noches el mar queda completamente inmóvil, como suspendido en estado de alerta. 

—El capitán nunca puede quedarse solo —dice Caiozzama—. Siempre debe haber al menos dos personas acompañándolo arriba de cubierta mientras el barco avanza de noche sobre el Mediterráneo. Se duerme poco. A veces apenas seis horas fragmentadas después de dos guardias consecutivas. 

Los mejores turnos para él son los de la madrugada. Los que van entre las tres y las seis de la mañana.

Después de horas navegando únicamente entre sombras, las embarcaciones empiezan a reaparecer lentamente sobre el horizonte. Volver a verlas con la primera luz del día se convierte, para muchos, en una pequeña señal de calma.

Tras su arribo a Sicilia, la flotilla realiza una gran asamblea sobre tierra firme. Se les suman una docena de nuevas embarcaciones. Nuevos activistas. Nuevos suministros. 

También aparecen los primeros rastros visuales de Caiozzama. El artista nacido en Santiago en 1980 llevó desde Chile enormes stickers con figuras de niños palestinos convertidos en sus característicos ángeles. Ya plasmó uno en Barcelona y además intervino una de las embarcaciones de la flotilla antes de que ésta terminara hundida, días después.

Uno de los ángeles que el artista visual Caiozzama dejó en Barcelona. Fuente: cuenta Instagram @caiozzama

—Lo que hice fue trabajar distintos niños palestinos convertidos en ángeles, que es una figura con la que vengo trabajando hace tiempo —cuenta—. 

“Vienen con sus ropas típicas y con pósters que se hicieron para la Global Sumud. Son grandes, de un metro ochenta más o menos. Y la idea es dejar uno en cada puerto donde vayamos parando. Ahora toca Italia, después veremos dónde más. La idea es dejar personajes que hablen de esta misión y que queden ahí como registro de que pasamos”.

La decisión de subirse a la flotilla, explica, aparece frente a la inacción internacional que ya no soportaba observar desde lejos.

—Cuando los gobiernos no hacen nada ante algo tan terrible como lo que está pasando en Palestina y ves que solo piensan en geopolítica y se pasan por la raja a la gente, los civiles tenemos que hacer algo, aunque sea pequeño. No podemos estar viendo un genocidio en vivo y en directo y quedarnos con los brazos cruzados. Es mejor fracasar intentándolo que triunfar por no hacer nada.

Su familia tampoco intentó detenerlo demasiado, recuerda: “Ya me conocen —dice riéndose—. No sé si están felices con que haya venido, porque obviamente se asustan, pero saben cómo soy. Y al final también se ponen contentos cuando yo estoy feliz”.

Los entrenamientos para la misión continúan con la misma intensidad. Cada escenario tiene que estar ensayado.

—Estamos muy preparados para lo que venga —dice Caiozzama—. Te enseñan cosas que nunca imaginaste tener que aprender. Cómo reaccionar. Qué hacer. Cómo resistir.

Pero el miedo no desaparece. Solo cambia de forma.

—Si no logramos llegar a Gaza y somos interceptados, eso significa secuestro —dice Macarena—. Y eso conlleva riesgos reales.

Bruno Salas suma otro posible escenario. Llegar tampoco garantiza demasiado. “Si conseguimos entrar a Gaza, no es llegar y hacer lo que uno quiera. También nos entrenan para eso. Cómo movernos, con quién hablar, cómo desplegarnos en un territorio completamente devastado y militarizado”.

—Pase lo que nos pase —resume Caiozzama—, no es ni el uno por ciento de lo que viven los palestinos todos los días.

Ese principio atraviesa buena parte de las conversaciones arriba de la flotilla: evitar que el foco se desplace hacia ellos mismos. El centro de todo sigue estando en Gaza.

Las embarcaciones continúan avanzando sobre el Mediterráneo. Italia recién fue el comienzo. Por delante todavía quedan Grecia, Turquía y la llamada “zona roja”.

Cuarta parte: La noche más larga

El 26 de abril, la flotilla vuelve a zarpar desde el Porto Xiphonio, en Augusta (Siracusa), convertida en una caravana de más de cuarenta embarcaciones. Sin embargo, a contar de ese día varios de sus integrantes comienzan a percibir una presencia que —hasta ese entonces— parecía lejana.

Primero son drones. Después, movimientos extraños en las frecuencias radiales. Canciones que irrumpen de pronto en las comunicaciones entre los veleros. Interferencias. Voces desconocidas. Sonidos que nadie logra identificar del todo.

—El Mediterráneo está completamente vigilado —dice Bruno Salas—. Los drones de la OTAN controlan siempre quién entra, quién sale y quién cruza estas aguas. Lo distópico es que toda esa maquinaria funciona para perseguir migrantes africanos o barcos civiles, pero cuando Israel actúa sobre aguas internacionales simplemente liberan el cuadrante.

La sensación de amenaza deja de ser abstracta.

—Sabíamos que después de Italia se ponía más intenso todo. El mar, el control —dice Caiozzama.

La tarde del 29 de abril, esa amenaza finalmente toma forma.

Embarcación en la que viajaba Bruno Salas. Registro de Bruno Salas.

La flotilla navega en aguas internacionales al suroeste de Grecia, fuera de la llamada “zona roja”, cuando aparecen los primeros drones sobrevolando las embarcaciones a menos de veinte metros de altura. Después llegan los buques militares israelíes. Más tarde, las lanchas rápidas de asalto.

—Fue bien heavy porque lo vimos todo muy en primer plano —recuerda Caiozzama—. Se llevaron barcos que estaban muy cerca de nosotros. Activamos todos los protocolos y todas las enseñanzas que tuvimos.

Desde otra embarcación, Víctor Chanfreau observa prácticamente la misma escena.

—Había mucha emoción, mucha adrenalina. Veíamos las lanchas rápidas abordando a los otros veleros y también nos enterábamos por redes sociales de lo que estaba pasando con las otras embarcaciones y de la interceptación que estaban teniendo a manos del ejército israelí.

—Lo primero impresionante fue que de pronto todo el sistema de radio se apagó. Absolutamente de la nada —dice Bruno—. Ahí entendimos que estaban tomando el control comunicacional de la flotilla. Nos ponían canciones, sonidos horrorosos, como películas de terror. Y además simulaban ser otras embarcaciones nuestras diciendo “estamos siendo atacados”. Era una guerra psicológica.

A esas alturas, Macarena Chahuán ya transmite desde el Yafa. Cuando los drones quedaron prácticamente encima suyo, proyectando luces encandilantes sobre las cubiertas, comprendieron que venía la interceptación. 

Una voz que se identificó como la Fuerza Naval de Israel contactó a la embarcación Green Peace ordenándoles desviar la ayuda. Las embarcaciones se reorganizan rápidamente y se dividen para dificultar las capturas.

—Nosotros nunca retrocedimos —dice Bruno—. Eso es importante. Lo que hicimos fue empezar a separarnos del grupo porque sabíamos que interceptar una embarcación es lento. Muy lento. Van seres humanos arriba. No es llegar y ya.

—No sabemos si fue por la capacidad que tuvieron ellos o porque el protocolo realmente funcionó. Pero salimos ilesos y logramos escapar —cuenta Caiozzama—.

Pero no todos los barcos logran hacerlo. En medio del caos, las señales del Yafa dejan de actualizarse. “Caiozzama me dice: ‘Bruno, hace media hora no se actualiza la posición de la Maca’. Después le escribió y aparecía un solo ticket. Ahí fue como: mierda. Perdimos comunicación”.

Navegaron toda esa noche a oscuras. Sin dormir. Sin noticias de Macarena. Fue la noche más larga desde que zarparon.

***

Viernes 1 de mayo. Dos días después de la interceptación. Aún no sabe del paradero de los activistas interceptados hace unas horas. 

—Cuando alguien activa el protocolo y lanza el teléfono al agua, desaparece completamente —dice Bruno desde aguas territoriales griegas frente a Creta. Entonces la única confirmación de que fueron interceptados es justamente la pérdida de contacto.

En Chile, los videos grabados por Macarena Chahuán comienzan a circular con las horas. 

—La Maca tenía preparado un video para ese momento. Todos teníamos materiales preparados. Sabíamos perfectamente que esto podía pasar—, agrega el documentalista. 

También recuerda una conversación previa con ella, ocurrida días antes en Barcelona: “Macarena llevaba tatuado en el brazo un diseño asociado a Hamás. Yo le dije directamente que eso significaba tortura segura si nos interceptaban. Entonces fue a tapárselo de urgencia».

—Yo ayer me preocupé hasta de cagar antes de la interceptación. Así de concreto es el nivel de preparación. Escondimos agua y comida en distintas partes del bote porque sabemos que cuando te interceptan toman el control de la embarcación y pueden dejarte encerrado 48 horas o más sin acceso a nada. Incluso me vestí con la ropa que tenía preparada. Fue rarísimo. Como darte cuenta de que algo que entrenaste durante semanas está pasando de verdad.

Chahuán fue una de las cerca de 175 personas retenidas durante el operativo y trasladadas posteriormente en un buque militar hacia costas griegas. Entre ellos también se encontraban dos de las principales figuras de la misión: el activista brasileño Thiago Ávila y el hispano–palestino Saif Abukeshek.

Bruno Salas junto a Víctor Chanfreau en una de las embarcaciones de la Global Sumud Flotillla. Registro de Bruno Salas.

La Global Sumud activó una campaña internacional de presión pública y diplomática, solicitando a delegaciones nacionales, familiares, organizaciones y simpatizantes de Palestina contactar a gobiernos y embajadas griegas para exigir garantías sobre la seguridad y liberación de los integrantes de la flotilla.

A su regreso a Santiago el 4 de mayo de 2026, Macarena Chahuán denuncia haber sufrido «secuestro» y «tortura psicológica» por parte del ejército de Israel. También cuestiona duramente la escasa respuesta del Estado chileno y la Cancillería durante los días en que permaneció retenida e incomunicada. Días después, vuelve a ampliar su relato en esta conversación.

Parte contando que todavía no ha podido llegar a su casa. “Yo vivo entre Iquique y La Huayca, que es como el interior de Iquique, y todavía no veo a mi pareja, no veo a mis perros. Quiero puro estar ahí”. 

Tampoco ha vuelto a ver el live que transmitió durante la interceptación y que la puso al centro de la noticia. 

—Siento que hablé pura hueás —dice—. Como que no me acuerdo tanto. Me puse en modo hiperfuncional. No sé si dije bien las cosas, no sé si informé todo lo que tenía que informar.

—¿Te sorprendió la repercusión mediática que tuvo tu captura?

—Yo no lo podía creer. Siento que se mega instaló en la prensa hegemónica incluso. Y para mí eso es como el mega objetivo cumplido. Me quedo súper tranquila porque siento que de verdad valió la pena pasar esos dos días de tortura y pasarlo mal.

—¿No te queda la sensación de que la flotilla desplazó el foco de lo que sucede en Gaza?

—Obviamente el foco se fue a la flotilla, pero para mí la flotilla se traduce inmediatamente a Gaza. Esa era justamente mi aprehensión antes de participar. Yo trabajo con mi marca personal y me daba miedo que pareciera que estaba haciendo esto para volverme más conocida o para convertirnos en héroes. Pero después entendí algo que en la flotilla repiten mucho: nosotros no somos nada, somos un instrumento, un vehículo. Lo importante sigue siendo Palestina.

“Y claro, la prensa engancha con personas. Eso es inevitable. Pero yo igual traté todo el tiempo de no desviar el foco. Todas las publicaciones que hacía eran hablando de Palestina. Si aparecía el bote o el viaje, era secundario. Nunca el centro”.

—¿En qué contexto sucede la interceptación? 

Parte de las embarcaciones se había dividido para realizar una nueva acción de boicot contra un barco que —según manejaban internamente— transportaba armamento israelí. La mitad iba y la otra mitad no. Y a la que iba nos interceptaron. Todavía sospecho que algo en esa operación pudo haber sido infiltrado. Los horarios cambiaban todo el rato. Primero era a las cuatro, después a las dos, después a la una. Y un buque no cambia tanto de curso. Entonces hay cosas que no cuadran”. 

Cuando finalmente son capturados, los trasladan a un enorme barco militar israelí acondicionado como centro de detención flotante.

—Era como una cárcel o un campo de concentración hecho con containers. Había cuatro containers. En tres de ellos teníamos que dormir ciento ochenta personas. No cabíamos ni adentro ni afuera. Siempre había alguien arriba, 24/7, apuntándonos con ametralladoras.

Macarena inicia inmediatamente una huelga de hambre.

—No iba a comer nada que viniera de Israel. Nunca.

Lo que describe después es un régimen sistemático de castigo y terror psicológico.

—Cada vez que entraban, entraban golpeando gente. Dislocando brazos. Pateando. Pegando con las armas. Las bombas de ruido estallaban dentro de ese espacio cerrado. Las tiraban al lado tuyo. A un compañero mío le dispararon eso directamente en la pierna.

Los gritos más brutales, recuerda, venían desde las celdas de aislamiento.

—Escuchábamos los gritos de Saif cuando se lo llevaban. No eran gritos de un golpe. Eran alaridos sostenidos. Evidentemente lo torturaron de manera muy violenta.

—Otros integrantes terminaron con fracturas, heridas en la cabeza y lesiones oculares. A una persona le fracturaron la nariz. A otra el brazo. A otra la pierna. A mi compañero de bote le desfiguraron la cara. A mí no me pasó nada. Yo estaba terrible sumisa, haciendo caso en todo. Pero incluso así veía gente que hacía exactamente lo mismo y que igual terminaban siendo pateados en el suelo.

Fuente: cuenta de Instagram de Víctor Chanfreau @vic.chanfreau

Dentro de la flotilla, muchos interpretaban desde antes que llegar a aguas griegas tampoco significaba estar completamente a salvo. A comienzos de abril, Grecia e Israel habían firmado un contrato de cooperación en defensa valorizado en 750 millones de dólares. Meses antes, Benjamín Netanyahu ya se había reunido en Jerusalén con el primer ministro griego Kyriakos Mitsotakis para reforzar alianzas militares y estratégicas en la región mediterránea.

Tras desembarcar en una zona portuaria aislada de Creta, los activistas pasan horas retenidos en buses. Les quitan los pasaportes, permanecen incomunicados y bajo custodia griega antes de ser trasladados hacia la capital de la isla.

Macarena asegura que no fue una deportación formal.

—Pasamos de un secuestro israelí a un secuestro griego —ironiza.

Según denuncian otros integrantes de la flotilla, tanto Israel como Grecia actuaron coordinadamente para mantener incomunicados a los activistas, retener pasaportes y dificultar cualquier contacto diplomático o legal. Todo ello pese a que la interceptación se produjo en aguas internacionales, vulnerando principios establecidos por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), que protege la libre navegación civil fuera de jurisdicciones territoriales.

—Nunca fui deportada. Nos expulsaron. Eso ya dice mucho —comenta Macarena. 

En Santiago, mientras ella permanecía incomunicada entre Israel y Grecia, su hermano —abogado— se convirtió en uno de los principales enlaces entre la familia, las organizaciones pro Palestina y la Cancillería chilena. También coordinó reuniones y bajó información durante los días más inciertos de la interceptación.

—La Cancillería fue súper amable, pero cero ejecutoria. No hicieron nada —asegura la activista—. Me hacían llamar yo misma al cónsul desde Grecia. Tuve que conseguirme un teléfono porque ni los griegos nos querían pasar uno. Finalmente, la delegación pagó mi pasaje y me trajo de vuelta. 

—Días antes de zarpar tuviste que taparte un tatuaje por seguridad. ¿Qué era exactamente lo que llevabas en el brazo?

—Era un misil original de Hamás. Lo tenía tatuado hace un par de años y se me había olvidado completamente. Estábamos en un entrenamiento en Barcelona y Bruno me dice: “¿Vas a entrar así?”. Ahí caché. En todas las simulaciones nos repetían que los interrogatorios israelíes siempre giraban en torno a Hamás. Entonces, por tranquilidad mía y de mi familia preferí tapármelo. Fui donde un tatuador español de urgencia que lo cubrió con un bloque de caligrafía abstracta. 

Pensó mucho en Leila Khaled, la activista y militante del Frente Popular para la Liberación de Palestina, quien en 1969 protagonizó el primer secuestro de un vuelo de Roma a Atenas para visibilizar la lucha de su pueblo. “Si ella se operó la cara por la causa, yo podía taparme un tatuaje. Me dio pena porque era hermoso, pero me lo voy a volver a hacer”, agrega Chahuán.

Como dijiste, todavía no terminas de aterrizar. Pero mirando hacia atrás, ¿qué sensación te queda después de lo que viviste?

—La gente me dice que cuando llegue a mi casa me va a venir el trauma. Puede ser. Pero yo siento que se lograron cosas. Que la flotilla volvió a instalar a Palestina en lugares donde ya no se estaba hablando de Gaza. Y eso, por ahora, me deja tranquila.

***

Dos días después de la interceptación, y mientras la organización todavía sostiene reuniones para evaluar el destino de la flotilla, Bruno Salas decide bajarse de la misión. La noche del operativo había cambiado algo.

—Mi familia sabía que yo iba a vivir un episodio así, pero en el escenario final. Cuando ya no hubiera vuelta atrás. Esto pasó en la mitad del viaje. Y volver a pasar por lo mismo, siendo papá, cambia completamente el escenario.

“No había entrado realmente en conciencia del terror que me provoca pensar en la posibilidad de sufrir violencia sexual en una cárcel israelí. Uno conoce el destino de las misiones anteriores y sabe que el riesgo es muy alto porque son unos criminales, pero tenerlo así de cerca fue distinto”.

La decisión se precipita también después de escuchar un audio de su hija Aurora, de siete años, enviado desde Chile. “Le mandé unos videos de unas ballenas piloto que nos acompañaron y ella me respondió con ese audio hermoso. Lloré toda la tarde escuchándolo”, cuenta. 

A partir de ahí, dice, reevalúa todo. El desgaste económico de sostener la misión a distancia. Su hija esperándolo en Chile. Y también una exposición que debía inaugurar el 6 de junio en Santiago.

Días después, Bruno regresa a Santiago. Antes pasa por Barcelona a recuperar sus cosas y las de Macarena: computadores, teléfonos y documentos que ambos habían dejado guardados antes de entrar a la zona de riesgo.

No siente que abandonar la flotilla implique abandonar la misión.

—Sigo formando parte de la delegación. Ahora me toca seguir colaborando desde otro lugar.

Quinta y última parte: Los que van quedando en el camino

Jueves 14 de mayo. Día 30 de navegación. 

Tras reorganizarse en Grecia, la flotilla vuelve a avanzar hacia Marmaris, en Turquía, último puerto antes del tramo final rumbo a Gaza. 

A bordo siguen Víctor Chanfreau, Caiozzama y Carolina Eltit. En paralelo, Felipe Sierra Uthman continúa la misión de la delegación chilena por tierra, integrado a un convoy humanitario rumbo al paso de Rafah, el único cruce fronterizo entre Gaza y Egipto que no permanece bajo control directo de Israel y única vía para el ingreso de ayuda humanitaria y la salida de civiles palestinos.

La caravana vuelve a crecer. Nuevas embarcaciones se suman desde la Freedom Flotilla Coalition y otras organizaciones internacionales. El número vuelve a superar los cuarenta barcos.

Desde el Atlantic Flux, Chanfreau —de 24 años, uno de los tripulantes más jóvenes de la flotilla— describe esos días como una mezcla extraña entre tensión permanente y convicción renovada.

—Si Israel y sus Estados cómplices están dispuestos a cometer estos crímenes en aguas internacionales es justamente por la importancia que tiene esta misión. Entonces lo único que hizo fue reforzar la decisión colectiva de seguir avanzando.

Viaja con una pequeña medalla artesanal hecha en prisión con el rostro de su abuelo, Alfonso René Chanfreau, detenido desaparecido durante la dictadura en Chile cuando tenía 23 años.  

Medalla con el rostro de su abuelo, con la que viajaba Víctor Chanfreau.

—Fue un consenso familiar que la medalla tenía que llegar hasta las últimas consecuencias conmigo. Uno de los pocos registros que existen de mi abuelo es precisamente de él marchando por Vietnam. Entonces sí, claro que la memoria familiar dialoga con la solidaridad internacional. 

“No podemos construir un mundo distinto mientras siguen ocurriendo estas barbaridades y el mundo hace como que no pasa nada”, agrega.

En otro barco, Caiozzama sigue también rumbo a Turquía. El mar ya no tiene nada de contemplativo. “Estamos con olas de dos metros. Pero seguimos”, dice.

Durante la interceptación lanzó su libreta al agua envuelta en bolsas ziploc junto a algunos libros sobre Palestina.

—Quiero pensar que alguien los va a encontrar algún día.

Mientras la flotilla sostiene el rumbo, la ocupación israelí ejecuta una campaña de atentados directos contra la población civil. En los últimos días, atacaron con drones un edificio residencial en el barrio de Rimal. Familias enteras perdieron la vida y hubo decenas de heridos bajo el argumento de cercar a un miembro de Hamás. 

Para Caiozzama, la misión no ha perdido sentido. Bajarse nunca fue una opción.

—La decisión de seguir es básicamente la misma por la que vinimos. No puede ser que el mundo sea testigo de un genocidio en directo y que nadie haga nada.

“Creo que por muy pequeños e insignificantes que seamos frente a los ejércitos y los gobiernos, igual logramos algo: poner en evidencia a un Estado genocida y seguir hablando de Palestina”. 

***

Domingo 17 de mayo. Día 33 de navegación.

—Estamos a poco menos de 300 millas de Gaza —escribe Víctor Chanfreau por WhatsApp.

—¿Sienten nuevamente la vigilancia o el hostigamiento?

—Sí, pero mucho menos que durante la interceptación. Igual sabemos que están ahí.

La flotilla ya navega en la llamada “zona roja”. El mar vuelve a entrar en esa tensión suspendida que ya conocen: radios intervenidas a ratos, drones apareciendo a la distancia y embarcaciones militares siguiendo algunos movimientos desde lejos.

Horas después, durante la madrugada en Chile, Chanfreau, Caiozzama y otros integrantes vuelven a transmitir desde cubierta. Van tras ellos. 

***

Después de ese último intercambio, ni Víctor Chanfreau ni Caiozzama vuelven a responder. Los mensajes enviados a sus teléfonos quedan con un solo ticket.

Este lunes, la delegación chilena confirmó que los veleros en que viajaban Carolina Eltit, Víctor Chanfreau y Claudio Caiozzi fueron interceptados por fuerzas militares israelíes junto a otras 30 embarcaciones. Horas más tarde comenzó a circular un video difundido por el medio israelí independiente Rega News. Las imágenes, grabadas desde el interior de uno de los barcos militares utilizados como centro de detención flotante, muestran a Chanfreau con una polera negra, rodeado de decenas de activistas internacionales bajo custodia armada. 

El registro dura apenas unos segundos. No hay declaraciones ni información sobre hacia dónde los trasladan o cuánto tiempo llevan retenidos. 

A menos de 300 millas náuticas, donde fueron interceptados, Gaza todavía no se alcanza a ver. El bloqueo y la propia curvatura del Mediterráneo la mantienen oculta detrás del horizonte. 

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Pedro Bahamondes Chaud

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