Cuando Ecuador inauguró en 2019 el moderno puerto de aguas profundas de Posorja, las autoridades celebraron una inversión de 1.200 millones de dólares que prometía desarrollo económico y mayor seguridad. Equipado con escáneres de carga, controles biométricos y vigilancia por cámaras, el terminal parecía blindado contra el narcotráfico. Pero seis años después, las bandas de droga han convertido a este pueblo pesquero en una de las principales plataformas de envío de cocaína hacia Europa.
Según una investigación publicada por Occrp (Organized Crime and Corruption Reporting Project) y socios locales, las incautaciones de cocaína en el distrito de Posorja alcanzaron 15,4 toneladas en 2024, casi el triple del año anterior. El flujo de droga vino acompañado de una ola de asesinatos: los homicidios en la zona se multiplicaron por 13 desde la apertura del puerto. “Solía ser un lugar de paz, pero ahora dos o tres personas mueren por semana”, relató a Occrp un vecino que pidió anonimato. Las tiendas cierran temprano y los habitantes viven con miedo a convertirse en “daño colateral”.
La reconfiguración del mapa narco es evidente en Europa. En 2024, Posorja se convirtió en el principal punto de origen de la cocaína incautada en Róterdam y Amberes, superando a Guayaquil. Autoridades portuarias europeas describieron el fenómeno como “sorprendente” y advirtieron que la capacidad aduanera ecuatoriana no crece al ritmo del comercio. Robert Fay, jefe de drogas de Europol, dijo a Occrp que Ecuador es ahora “definitivamente la puerta de entrada número uno” de cocaína latinoamericana hacia Europa.
Expertos atribuyen el auge de Posorja a factores similares a los que seducen a operadores legítimos: ubicación estratégica entre Colombia y Perú, infraestructura eficiente y alto volumen de exportación de banano, el producto preferido para ocultar cocaína. El analista Ruggero Scaturro señaló que puertos competitivos y bien conectados “automáticamente serán atractivos para las redes criminales”.
La empresa operadora, DP World Posorja, afirma que su terminal es “el puerto más seguro y tecnológicamente avanzado de Ecuador” y asegura colaborar activamente con las autoridades. Pero las medidas tecnológicas tienen límites. Los escáneres pueden pasar por alto drogas ocultas con métodos sofisticados, y el personal es considerado un punto débil: evaluaciones europeas identifican un “alto riesgo” de infiltración y corrupción. Para mitigarlo, los empleados son trasladados en autobús fuera de las instalaciones y sometidos a controles periódicos.
Mientras tanto, bandas rivales como Los Choneros y Los Lobos —antiguos aliados hoy enfrentados— luchan por el control del tráfico, amenazan a pescadores para usar sus casas como bodegas y atacan a la policía. En marzo, hombres armados dispararon contra una base local e hirieron a un teniente. En los tribunales, camioneros han denunciado amenazas: uno contó que fue obligado, bajo pistola, a permitir que contaminasen su carga de plátanos con cocaína destinada a Róterdam.
La violencia ha transformado la vida en este pueblo de 33.000 habitantes. En los cinco años previos al puerto solo hubo 13 homicidios; desde 2020, suman más de 200. Videos de cuerpos abandonados en caminos rurales circulan en redes locales, mostrando el deterioro de la seguridad. “Al menos la mitad del pueblo depende del puerto”, explica Scaturro, lo que los deja expuestos a un crimen organizado que se ha incrustado en la economía local.
Lo que prometía prosperidad para Posorja ahora la ha dejado manchada de sangre. El desafío para Ecuador es monumental: frenar el auge de los cárteles sin estrangular el comercio que el puerto trajo a estas costas. La advertencia de Occrp es clara: el progreso económico mal vigilado puede convertirse en una puerta abierta para la violencia y el narcotráfico.
Lee aquí el reportaje original de Occrp: ‘Stained With Blood’: New Port Brings Violent Drug Cartels to Ecuador Fishing Town.