El sábado 13 de diciembre de 2025, a las 14:33, se inició un foco de incendio en Penco. Así quedó registrado en un día de calor intenso en que el estado de alerta ante el peligro de incendio activa hasta a los animales de una zona castigada por años por el fuego sin control. Un guardabosques que llegó entre los primeros al lugar vio a un hombre que venía desde la dirección exacta donde comenzaban las llamas. Caminaba acompañado de dos perros. La imagen se quedó en su retina mientras con rapidez llamaba a sus superiores y se coordinaba la actuación de un helicóptero y brigadistas que terminaron sofocando el fuego.
Dos días después, el lunes 15 de diciembre, a las 13:21, otro incendio forestal fue informado en el predio Coihueco, también en la comuna de Penco. Esta vez, el mismo guardia forestal acudió al lugar señalado. Cuál no sería su sorpresa cuando vio venir descendiendo desde el punto donde se había iniciado el fuego, al mismo hombre que encontró poco después del mediodía del sábado 13 de diciembre, en otro foco de incendio. Inquieto por una extraña escena que se repetía, decidió grabarlo en su teléfono. Y lo interpeló.
El registro es nítido:
—¿Por qué viene saliendo del foco? —le pregunta el guardia.
El hombre responde con calma:
—Estaba ahí, ayudando a agarrar el fuego con la mano, y no me quemé: mire.
El hombre extiende las palmas intactas hacia la cámara.
En el video también se ve a una patrulla de Carabineros acercándose. Los policías descienden del vehículo y comienzan a hablar con él.
Pero el guardia forestal no ha quedado tranquilo. La reiteración de la imagen del hombre caminando desde donde se inician en dos días distintos focos de incendio, lo perturba. Decide enviarles a sus superiores el video que acaba de registrar con un mensaje breve: “Nuevamente el mismo personaje de ayer saliendo del foco recientemente informado”.
Ese registro llegó a mis manos a los pocos minutos de haberse capturado. Y la imagen me hizo salir de inmediato en la búsqueda de ese “personaje”. El incendio todavía no lo habían apagado.
La búsqueda
Con el video en mano comienzo a indagar entre los vecinos del sector. Inicio el recorrido por la entrada del Fundo Coihueco. Al mirar la imagen del registro telefónico, algunos lo reconocen de inmediato.
—¡Si es el ‘Mono Porfiado’! —me dijo un vecino
—Vive allá arriba, me dijo otro.
A las 15:36 de ese mismo lunes 15 de diciembre, 135 minutos después de la alerta de incendio, ya lo tenía ubicado. El “personaje” tenía nombre: Arturo Miguel Pedreros Chandía, 65 años, domiciliado en El Maitén 60, sector Penco Chico. Pero en el barrio todos lo conocían como el ‘Mono Porfiado’. Su casa estaba a apenas 1,5 kilómetros del foco del día 13. Y a la misma distancia del foco del día 15 de diciembre.

El sitio donde está ubicada la que llama “mi casa”, más parece un basural. Hay vegetación, pero lo que sobresale son muchos electrodomésticos corroídos y averiados; muebles viejos y semiderruidos; colchones andrajosos, cartones. Basura. Y entremedio, tres “rucos”. Todos están también llenos de basura. De uno de esos “rucos” emerge Miguel.
-¡Váyase! ¡Váyase! -me grita, rodeado de seis perros, y me hace enérgicos gestos con sus manos.
A pesar de su estatura mediana, su actitud y su cuerpo musculoso -que denota su incesante caminar por una región que conoce como pocos-intimida. Me habían advertido de su actitud desconfiada y, a veces, incluso violenta. Pero al poco rato bajó las barreras.
Y a pesar de que detesta que lo graben, logré registrar una pequeña parte de la conversación. Aquella cuando Miguel me reconoce que había ido al monte, a uno de los lugares donde hubo uno de los dos focos de incendio, a quemar un libro de su madre.
—Estaba ‘cargada’ —relató—. La única forma de liberarla (a su madre) es con fuego.
Y entonces Miguel empezó a explicar que su madre había sido cargada por espíritus “malignos”. Y que, por eso, era necesario “liberarla”. Reconoció en ese relato que él había ido al monte a “quemar”. Y que los fuegos los hace el demonio.
Su discurso era místico, fragmentado, cargado de elementos persecutorios. Pero había algo constante, casi obsesivo: la acción concreta de prender fuego.
Un vecino que vive bajo el puente del bypass a la entrada del Fundo Coihueco, al que le mostré el video, me dijo:
—Este señor siempre anda haciendo fuego por aquí. No es la primera vez. Y si no lo paran, va a terminar en una catástrofe.
En ese momento, esa frase todavía sonaba como una advertencia lejana. No lo era.
Segundo encuentro
Volví al día siguiente, el 16 de diciembre. De nuevo, Miguel emergió de uno de sus tres “rucos” y siempre rodeado de sus seis perros. Lo que también se mantiene a su alrededor es la chatarra acumulada en los “rucos” improvisados. Su “casa”. Esta vez, me recibe con cierta amabilidad. Y yo no hago casi preguntas. Solo lo escucho.
Se muestra lúcido. Observa. Analiza. Ofrece ayuda. Propone trabajos.
Hasta que se produce el corte. Irrumpen sus miedos. Se siente perseguido. Cuenta que sus vecinos lo atacan, le pegan. Que Carabineros lo molesta sin tregua. Se explaya. Me mira a los ojos. Me invitó a tomar mate.

Nos sentamos junto a un fogón al aire libre, bajo unos árboles. Allí cocinaba su almuerzo, manejando con destreza cuchillos de grandes dimensiones. Yo lo observo alerta. Los vecinos me habían contado otra parte de la historia. Uno me relató que Miguel había golpeado a un joven con un palo en la cabeza, dejándolo inconsciente. Otro vecino me dijo que José Montecinos, un señor mayor del barrio, terminó hospitalizado en esos mismos días de diciembre tras recibir un piedrazo en el pecho que le lanzó Miguel.
Había denuncias. Detenciones. Y a todas le siguió su libertad.
La explicación siempre la misma: inimputabilidad por razones de salud mental. Y el patrón se repite: agresión, detención, evaluación, liberación. Y regreso al monte.
Cuando en la tarde del martes 16 de diciembre me despedí de Miguel (el ‘Mono Porfiado’) la mirada y el apretón de manos que me dio me dejaron con muchas preguntas.
La desaparición
El 18 de diciembre, el periodista Javier Pontillo emitió en Meganoticias el reportaje “Pirómanos sin Control: ¿Quiénes están detrás de los incendios en el Biobío?”. Nuestra investigación en terreno fue parte de ese reportaje. Decidimos facilitar los antecedentes porque el riesgo era evidente. Creíamos que hacerlo público podía evitar una tragedia.

Al día siguiente, Miguel desapareció. Una vecina me dijo que alguien lo había pasado a buscar en la mañana.
Durante semanas, su rastro se perdió.
El incendio: 17 de enero
Un mes después, el 17 de enero, el incendio más devastador de los que llevamos en esta temporada, afectó sectores de Penco, Lirquén y Punta de Parra. Uno de los principales focos estaba en el Fundo Trinitarias.
El 30 de enero llegué a las coordenadas del punto inicial del fuego. El acceso era posible por caminos forestales amplios, pero el terreno seguía herido. Árboles cruzados, piedras desprendidas, ramas que aún humeaban. La quebrada era un paisaje carbonizado.
En el camino encontré viviendas que se habían salvado por metros, según sus habitantes de “milagro”. Karla Pérez, residente del sector, me dijo:
—En media hora ya había varios focos por todos lados. Se desató el infierno.
Karla Pérez me contó otro antecedente. Que el 8 y el 12 de enero, pocos días antes del gran incendio, un hombre que dormía bajo el puente Trinitarias había iniciado pequeños focos de fuego. Un cuidador lo sorprendió junto a dos perros. Karla relató que, por la gravedad del episodio, decidieron llamar a Carabineros. Pero nunca encontraron al “hombre de los perros”.
Pregunté por las características del “hombre de los perros”. La descripción coincidía con la figura y rostro de Miguel Pedreros, el ‘Mono Porfiado’.
Bajo el puente
Decidí buscar a Miguel por los cerros y puentes. Volví varias veces al puente Trinitarias. Vi enseres. Restos de vida. Pero no había rastro del “hombre de los perros”.
Fue entonces cuando encontré a Jorge Segundo Gallegos, de 22 años. El sí conocía y muy bien a Miguel.
—Me dijo que tenía que irme, que todo esto (y muestra el sitio donde vive) era su terreno. Después me amenazó con quemar mi casa —me contó.

Jorge Gallegos relata que días después, uno de sus perros apareció muerto. Dice que decidió enfrentarlo. No tenía dudas de quién había matado a su perro. Hubo golpes.
—Miguel sacó un cuchillo. Yo le pegué con un palo.
La reaparición
El 12 de febrero vecinos del Fundo Trinitarias me avisaron que habían visto al “hombre de los perros”, nuevamente. Lo encontré caminando por la carretera. Cuando me vio, sonrió. Me dijo que iba de regreso a su casa. Lo invité a subirse al auto. Lo llevaría. Y accedió a mostrarme el lugar donde había vivido esos días: bajo el puente Trinitarias.
En el trayecto, me dijo algo que cambió el eje de la investigación. Me relató -con detalles- de cómo la mañana del 17 de enero había subido al basural de Penco -como lo hace habitualmente a recuperar cosas que otros desechan-. Pero esta vez, además de recoger ropa (que describió), unas zapatillas negras y celulares, había encontrado una tela blanca.
—Y decidí quemarla… Hice una fogata para liberarme de los brujos.
Luego siguió explayándose sobre lo ocurrido: que el viento levantó el fuego… Y que tuvo que hacer contrafuegos para evitar que se expandiera.
Me explicó con precisión técnica cómo hacerlo. Habló de “fajas cortafuego”. Del comportamiento de las llamas. De para qué se usa el “agua aérea”.
—Oye, pero ¿cómo sabes tanto sobre incendios? ¡Impresionante! —le digo a Miguel.
-—Yo fui brigadista, pues oiga —responde.
Su entusiasmo lo desborda. Miguel no para de hablar. Me relata que en un momento un grupo de funcionarios de la Policía de Investigaciones (PDI) lo había encontrado a orillas del río Andalién. Pedreros describe que, entre ellos, había una mujer de baja estatura, cabello castaño claro y curvilínea (usa otro término). Y que le dijeron que debía abandonar el lugar.
Ya en el terreno, me guió hasta uno de los puntos donde comenzó el incendio. A pesar de no tener teléfono ni reloj ni GPS, conocía cada metro con precisión insólita.
En parte de la conversación en el vehículo que logré grabar, detalla: “Si el fuego está prendido allá arriba, usted le manda fuego de aquí hacia arriba. Es un contrafuego que se ataca al medio”.
Miguel continúa su relato diciendo que esa tarde-noche del 17 de enero, después del segundo corta fuego, quedó encerrado por el fuego y debió rodear el cerro para poder llegar al rio. Incluso, para ello, tuvo que salir a la carretera y volver a cruzar el Puente Trinitarias. El fin de esta parte del relato de Miguel me impacta. Dice que eran las 23:00 horas. Y es exactamente la hora aproximada en que lo ve Jorge Gallegos por primera vez ese día 17 de enero, a la entrada del Puente Trinitarias.
Delirio y técnica
Su relato no deja de ser una extraña mezcla: delirio y precisión técnica. Brujería y contrafuegos. Y conocimiento real del comportamiento del fuego.
Mientras escuchaba el entusiasta y preciso relato que Miguel me hacía de su relación con el fuego de ese 17 de enero en el Fundo Trinitarias, supe que a la historia del “hombre de los perros” le faltaba un nudo esencial. Había que hablar con la única persona a la que Miguel menciona con amor: Miriam Jaque Rubilar. Él a veces la llama “mi hermana” y otras “mi esposa”. La verdad, no es ninguna de las dos.
Cuando llegué a la casa de Miriam Jaque, la encontré en su cama. Allí está desde hace meses, aquejada de una grave enfermedad. Miriam tiene esposo e hijos y se conocen con Miguel desde los 13 años. Ella lo quiere y mucho. Y toda su familia comparte ese afecto. Y se entiende. Fue Miriam quien nos relata que Miguel fue abandonado de pequeño por su madre. Que se ha criado solo. Y que su diagnóstico médico es severo: padece esquizofrenia.
— Es una buena persona. Está enfermo… Fíjese que en muchas ocasiones ha llegado a mi casa sangrando… Lo han golpeado vecinos… Y aquí se queda en esta casa unos días hasta que se le curan las heridas.
Queda claro en esta conversación -y en la segunda que tuvimos al día siguiente-, que Miguel habla de una madre que no tuvo. Que cuando habla de “quemar” para “librarla” de los demonios con que la “cargaron”, es una ficción.
Y es entonces que Miriam recuerda una conversación con Miguel:
—Yo vi el reportaje en Mega, donde Miguel dice que quemó un libro de la mamá en el monte. Y que lo hizo para librarla de los espíritus… Fíjese que de inmediato yo me acordé que días antes de ese incendio, estábamos conversando y él me había prometido traerme unos libros que guardaba de su mamá. Porque yo ahora leo mucho estando en cama. Y entonces le pregunté a Miguel: ‘¿dónde están los libros?’. Y él me contestó que los había quemado en el monte… No quería darme cuenta…
EPÍLOGO
El viernes 13 de febrero, a las 06:00 de la mañana, se inició un nuevo foco de fuego bajo el puente Trinitarias. Un vecino vio al “hombre de los perros”. Cuando Carabineros llegó, ya se había ido. Ese mismo día, a las 17:00 horas, Miguel Pedreros fue trasladado al Hospital Las Higueras. Su familia planea ingresarlo a un hospital psiquiátrico. Demasiado tarde, se lamentan los vecinos.
Nada de esto constituye una sentencia judicial. Pero todos sabemos por las investigaciones judiciales de los últimos años, que el 98% de los incendios tienen su origen en la acción de un ser humano.
Lea las otras entregas de esta serie:
«Quemaba bosques por rabia”: el crudo relato de un pirómano en la zona forestal del Biobío«
«Crónica de un desastre anunciado: bitácora de alertas y omisiones que dejan los incendios del Ñuble y Biobío«

Quién pasó a buscar a Miguel y porqué, parece que ese hilo hay que estirarlo para entender con quién se relaciona el personaje.